¿Deben l@s niñ@s conocer las malas noticias del mundo?

Hace unos días, el incendio que afectó a varios municipios de Almería ocupó durante horas los informativos. Las imágenes de las llamas, el trabajo incansable de los bomberos, las evacuaciones y la incertidumbre de muchas familias llegaron a nuestros hogares casi en tiempo real. Mientras los/as adultos/as seguíamos las noticias intentando entender qué estaba ocurriendo, muchos niños y niñas observaban desde el sofá, hacían preguntas o simplemente percibían que algo preocupante estaba sucediendo.

Vivimos en una época en la que las malas noticias parecen no dar tregua, un día hablamos de una guerra, al siguiente de una inundación devastadora, después de un terremoto, un atentado, asesinatos por violencia de género o accidentes ocupan todos los días los titulares. Las redes sociales y los teléfonos móviles hacen que la actualidad entre en nuestras casas a cualquier hora, sin pedir permiso. Ante este escenario, muchas madres y padres se hacen la misma pregunta: ¿Es bueno que los niños conozcan estas noticias o deberíamos intentar protegerlos de ellas?

La respuesta para esta pregunta, como ocurre con muchas cuestiones relacionadas con el desarrollo infantil, no está en los extremos, ni ocultar completamente la realidad ni exponerles sin límites. Lo verdaderamente importante es cómo les acompañamos para comprender aquello que ven y escuchan.

En primer lugar, es importante contextualizar que los niños y las niñas viven en el mismo mundo que l@s adult@s, y que además ven y escuchan mucho más de lo que imaginamos, oyen nuestras conversaciones, ven titulares en la televisión de una cafetería, escuchan comentarios en el colegios o descubren vídeos en dispositivos que ni siquiera son suyos, y, aunque no comprendan todos los detalles, perciben con total claridad nuestras expresiones de preocupación, nuestros silencios y nuestros cambios de ánimo cuando sucede algo malo.

Y cuando no entienden lo que ocurre, hacen lo mismo que hacemos los/as adultos/as, intentan darle sentido, con la diferencia de que el cerebro infantil todavía está construyendo su forma de interpretar el mundo, y cuando faltan explicaciones, la imaginación suele rellenar esos vacíos…que muchas veces se llenan creando escenarios más amenazantes que la propia realidad.

Por ejemplo: Un niño que escucha hablar de una guerra puede pensar que los soldados podrían llegar a su ciudad, una niña que ve imágenes de un terremoto puede preguntarse si su casa también se derrumbará mientras duerme, o después de ver un incendio, un niño puede sentir miedo cada vez que huele humo o vea un bosque desde la carretera, no porque sea irracional, sino porque su cerebro todavía está aprendiendo a distinguir entre lo posible, lo probable y lo inmediato.

Existe una idea muy extendida y es que si no hablamos de algo, evitaremos que los/as niños/as sufran, sin embargo, la experiencia clínica y la investigación en psicología muestran que el silencio rara vez elimina el miedo, simplemente deja al niño/a solo/a con sus dudas.

Sigo con un ejemplo; imaginemos que una niña escucha en el colegio que ha habido una guerra y que «han muerto muchas personas«, llega a casa, observa que su familia está viendo las noticias, pero nadie le explica nada porque piensan que es demasiado pequeña. Esa noche puede acostarse angustiada preguntándose si algo parecido puede ocurrir donde ella vive, no necesita conocer los detalles del conflicto, necesita que alguien le diga: «Lo que está ocurriendo es muy triste, pero está sucediendo lejos de aquí. Hay muchas personas trabajando para ayudar y nosotr@s estamos seguros.»

En muchas ocasiones, una explicación sencilla reduce mucho más la ansiedad que evitar completamente el tema.

Cuando explicamos la realidad a los/as menores, es importante tener también un enfoque positivo, las noticias no solo muestran tragedias, también pueden ser un buen espacio para hablar de solidaridad, cooperación y capacidad de superación. Cuando explicamos a un/a niño/a cómo trabaja un equipo de bomberos durante un incendio, cómo los equipos sanitarios atienden a las personas heridas tras un terremoto o cómo miles de voluntarios/as colaboran cuando ocurre una catástrofe natural, estamos enseñándoles algo muy importante, y es que incluso en los momentos difíciles, las personas somos capaces de cuidarnos unas a otras.

También podemos aprovechar estas conversaciones para desarrollar valores como la empatía. Cuando un/a niño/a pregunta por qué unas familias han tenido que abandonar su casa debido a un incendio, podemos invitarle a pensar cómo se sentiría él o ella en esa situación y qué cosas podrían ayudar a esas personas. No se trata de generar culpa, sino de fomentar la capacidad de ponerse en el lugar del otro. La empatía no nace de evitar el sufrimiento ajeno, sino de aprender a comprenderlo.

Como ya vimos en un post anterior, el problema no son solo las noticias, sino cómo las consumimos, hace apenas una década las noticias se veían por la noche, y en ocasiones al medío día. Hoy las noticias llegan de forma constante, una misma imagen puede aparecer cientos de veces en un solo día en distintos canales, redes sociales y aplicaciones…esto, que para una persona adulta es una sobrecarga sin ninguna duda, para un/a niño/a tiene un impacto muchísimo mayor, puesto que en función de la edad los/as menores no interpretan eso como una repetición de la noticia sino como si el acontecimiento estuviera ocurriendo una y otra vez, si cada vez que mira una pantalla aparecen imágenes de llamas, explosiones o personas llorando, puede llegar a pensar que el mundo entero vive permanentemente en peligro. Por lo que no es de extrañar que algunas de las señales de sobreexposición a las noticias sea que nuestros/as hijos/as presenten miedo a separarse de nosotros/as, dificultades para dormir o preocupaciones excesivas para las que no tienen ni edad ni capacidad de gestión.

Cada edad necesita una explicación diferente, y uno de los errorres mas habituales en la crianza es ofrecer la misma explicación a un niño de 6 años, que a una de 4 o a un/a adolescente. No necesitan lo mismo.

  • Los/as niños/as pequeños/as buscan seguridad, quieren saber si ellos/as y las personas que quieren están a salvo.
  • Durante la edad escolar se empiezan a hacer preguntas sobre las causas de lo que ocurre y necesitan respuestas sencillas, sinceras y adaptadas a su capacidad de comprensión.
  • Los/as adolescentes, por su parte, suelen interesarse por las consecuencias sociales, políticas o medioambientales de las noticias. En esta etapa, conversar con ellos/as también favorece el pensamiento crítico y les ayuda a distinguir entre información fiable y desinformación, especialmente en un momento en el que las redes sociales se han convertido en una de sus principales fuentes de información.

Educar emocionalmente también significa enseñar a mirar el mundo

No podemos construir una infancia completamente aislada de la realidad, y tampoco deberíamos hacerlo. Nuestros/as hijos/as crecerán en un mundo donde seguirán existiendo incendios, guerras, catástrofes naturales, conflictos sociales y noticias difíciles de aceptar y comprender. Y pienso que nuestra misión no es convencerles de que el mundo es perfecto, sino ayudarles a descubrir que, incluso cuando ocurren cosas dolorosas, existen personas que ayudan, comunidades que se unen y recursos para afrontar la adversidad.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas que podemos ofrecerles, porque la verdadera seguridad no nace de creer que nunca pasará nada malo, nace de saber que, cuando la vida se vuelve difícil, contamos con personas que nos escuchan, nos explican lo que no entendemos y nos ayudan a encontrar la calma, y esto es algo que los/as niños/as si que recordarán cuando sean adultos/as.