No hace tanto tiempo, esperar era algo normal. Formaba parte de la vida sin que lo cuestionáramos. Esperábamos una carta, el revelado de unas fotos, el estreno de una película o incluso el momento adecuado para tomar una decisión importante. No era incómodo: simplemente era así.
Hoy, en cambio, la espera se ha vuelto casi intolerable. Vivimos en un entorno donde todo parece diseñado para ocurrir ya, «the time is now». Queremos respuestas inmediatas, resultados rápidos y soluciones sin demora. Y cuando eso no pasa, nos frustramos.
Con todo esto me pregunto, ¿qué ha cambiado en nuestra forma de vivir el tiempo? creo que fundamentalmente la sensación de que todo debería ser inmediato, y ¿cómo hemos llegado hasta este punto? Por la tecnología y el uso que hacemos de ella.
La tecnología ha acortado los tiempos de una manera impresionante. Podemos comprar, hablar con alguien o «informarnos» en cuestión de segundos. Eso ha hecho que lo rápido deje de ser un lujo para convertirse en lo normal, en lo esperable. El problema aparece cuando intentamos aplicar esa misma lógica a todo. Hay cosas que, por su propia naturaleza, necesitan tiempo: las relaciones, aprender algo nuevo, crecer como persona o entender lo que sentimos. No todo puede ir rápido, y forzarlo suele salir caro y llevarnos a errores graves.
Ligado a la necesidad de inmediatez nos encontramos con su némesis, la espera. Cada vez toleramos peor la espera, y saber esperar está muy ligado a cómo manejamos la frustración. Es decir, a nuestra capacidad para soportar ese pequeño malestar que aparece cuando algo no ocurre cuando queremos.
Si siempre encontramos una forma de evitar esa incomodidad (porque casi siempre la hay) dejamos de practicar esa capacidad. Y, como pasa con todo, lo que no se entrena se debilita y nos dificulta la vida. Por eso, a veces, cosas pequeñas como un retraso en una entrega, no encontrar algo que estás buscando o una respuesta que no llega a tiempo nos afectan más de lo que debería.
Otro concepto importante cuando hablamos de la inmediatez es la gratificación instantánea y como nos engaña. Conseguir algo al momento nos da una potente sensación agradable de manera inmediata, y todas las empresas que se dedican a ello lo saben, es (casi) adictivo. Pero también tiene un efecto secundario: nos acostumbra a lo rápido y nos hace perder tolerancia a lo que requiere tiempo, que, como hemos visto suelen ser cosas muy importantes, no comprables ni medibles.
Y aquí está la contradicción: muchas de las cosas que más valor tienen en la vida no son inmediatas. Construir una relación sólida, avanzar en una carrera o cambiar de verdad como persona exige paciencia, constancia y, sí, para todo ello, y mucho mas, necesitamos saber esperar.
Quizá tengamos que volver a aprender a esperar, y no se trata de renunciar a la comodidad de lo inmediato, sino de encontrar cierto equilibrio. Para intentarlo os propongo algunas ideas sencillas:
- No todo es urgente, aunque lo parezca.
- Dejar pasar pequeños momentos de espera sin intentar llenarlos automáticamente mirando el móvil o entrando en rrss, solo esperar y observar nuestro alrededor.
- Prestar atención al proceso, no solo al resultado final.
- Aceptar que hay ritmos que no dependen de nosotros/as.
- Respira, para.
Si has llegado hasta aquí, te felicito, porque la tiranía del «ya» otra de las cosas que nos ha quitado es la tranquilidad de leer y esperar a ver qué pasa, pensar sobre ello, reflexionar… ahora sólo queremos ver imágenes con pocas letras, algo directo y concreto que no nos quite tiempo, un tiempo que curiosamente dedicaremos a buscar mas contenido que nos impida pensar, sentir, y relacionarnos desde la calma…
Esperar no es perder el tiempo, sino que, en muchos casos, es una forma de aprovecharlo de otra manera. Y en esos espacios se desarrollan cosas importantes: la paciencia, la reflexión, la capacidad de sostener lo que cuesta…Quizá el reto no sea hacerlo todo más rápido, sino volver a sentirnos cómodos/as sin correr constantemente. Porque lo que de verdad importa casi nunca llega de inmediato. Y tal vez precisamente por eso tiene tanto valor.