El otro día escuché a un grupo de chicas, no excesivamente jóvenes, en el que una de ellas le decía a las otras “Yo lo que quiero es un amor como el de La isla de las tentaciones”, una frase que me dio mucho sobre lo que pensar.
Pongamos contexto, La isla de las tentaciones es un programa de televisión que muestra, de forma reiterada, relaciones marcadas por los celos, el control y la falta de comunicación. A lo largo de sus ediciones (muchas, y todas en máxima audiencia) se normalizan conductas tóxicas como la manipulación emocional, la desconfianza constante o el miedo a la traición, presentándolas como elementos casi necesarios para el amor o el drama romántico.
Ante esto, cabe preguntarse: ¿por qué alguien querría un amor como ese?
Si tenemos en cuenta que es uno de los programas más vistos de la televisión nacional desde hace varias ediciones, con un público que abarca aproximadamente de los 16 a los 30 años, y que aquello que consumimos tiende a normalizarse, resulta fácil entender cómo se está difundiendo un modelo de amor tóxico con ligereza y aparente naturalidad, como si no pasara nada.
Lo que me lleva a recordar un artículo que leí sobre el tema, en el que describen conceptos muy interesantes para entender el amor actual, “amor líquido” y “modernidad líquida”, acuñados por el sociólogo Zygmunt Bauman. Estos términos, tal y como define el artículo mencionado, ayudan a analizar las dinámicas de pareja que nos encontramos en este programa y que se consumen (e integramos) como sanas y deseables. Sin ánimo de profundizar, es evidente que nos encontramos en un cambio en las relaciones personales «donde las conexiones profundas y duraderas se han visto sustituidas por otras más frágiles y volátiles, que priorizan la satisfacción inmediata y evitan el compromiso«. Este “amor líquido”, como lo llama Bauman, surge en un contexto de “modernidad líquida”: una sociedad en la que todo, desde el trabajo hasta las relaciones, son consumo en constante cambio.
Más allá de estos términos, es importante recalcar que estas dinámicas relacionales, basadas en el menosprecio, los celos, la duda constante o la angustia, no solo dañan a quienes las viven, sino también a quienes las observan desde la pantalla. Se normalizan los llantos, los insultos, las infidelidades o la vigilancia continua, transmitiendo la idea profundamente equivocada de que sufrir, controlar o competir es una forma sana de querer. Cuando, en realidad, suele ser una manifestación de control, inseguridad y baja autoestima.
Hoy en día, las relaciones tóxicas pueden identificarse prestando atención a ciertas señales de alerta que, aunque a menudo se normalizan, indican un vínculo poco saludable. Algunas de las más comunes son:
- Celos excesivos disfrazados de amor o preocupación.
- Control sobre el móvil, las redes sociales, la forma de vestir o las personas con las que se sale.
- Falta de comunicación, donde predominan los reproches, los silencios castigadores o las discusiones constantes.
- Manipulación emocional, generando culpa o miedo a perder a la otra persona.
- Desigualdad, cuando uno da mucho más que el otro o se minimizan sentimientos y opiniones.
- Dependencia emocional, creyendo que sin la otra persona no se puede vivir.
Identificar estas conductas a tiempo es clave para poder cuestionarlas y recordar que una relación sana se construye desde el respeto, la confianza y la libertad, no desde el control ni la dominación del otro.
Evitar este tipo de relaciones empieza, sobre todo, por el autocuidado y la conciencia personal. Algunas claves importantes son:
- Fortalecer la autoestima, ya que cuando una persona se valora, le resulta más fácil poner límites y no aceptar conductas dañinas.
- Aprender a establecer límites claros desde el inicio y respetarlos, sin miedo a incomodar.
- No normalizar el control ni los celos, entendiendo que no son muestras de amor, sino señales de alerta.
- Fomentar una comunicación sana, basada en el respeto, la escucha y la empatía.
- Mantener la propia identidad, sin abandonar amistades, intereses o proyectos personales por la relación.
- Escuchar las señales tempranas, tanto las emociones propias como las advertencias del entorno cercano.
Construir relaciones sanas implica elegir vínculos donde haya confianza, libertad y bienestar emocional. El amor no debería doler ni generar miedo o inseguridad, sino acompañar, cuidar y sumar.
Este San Valentín —y cada día— te deseo que nunca desees un amor como el de La isla de las tentaciones, te deseo un amor tranquilo y seguro, basado en la elección diaria y no en la necesidad; sostenido en un proyecto común y no en pasiones puntuales; y mantenido desde la responsabilidad emocional de cada miembro de la pareja, trieja o lo que os apetezca ser.