Hace poco leí este artículo que describía diversas investigaciones científicas llevadas a cabo para demostrar que las personas tóxicas pueden restar años de vida a quienes las sufren. Según este artículo este tipo de personas podíamos encontrarnoslas tanto en el ámbito familiar como en el entorno laboral, no se refería al entorno de pareja.
Mientras leía el artículo, no podía evitar recordar muchos casos de consulta: pacientes que “querían” establecer ese contacto cero que ahora parece estar tan “de moda”, o que incluso habían salido huyendo de algun@s terapeutas que se lo habían recomendado a la primera de cambio, sin que ell@s lo tuvieran claro.
Hoy en día, muchas personas se vanaglorian en redes sociales o en libros de haber establecido contacto cero con su familia, y me gustaría profundizar en ello. Evidentemente, hay casos y casos. Por desgracia, existen núcleos familiares profundamente dañinos y experiencias de gran sufrimiento. Pero no me refiero a eso, sino a familias con baja funcionalidad, con escasa gestión emocional, tóxicas en cuanto a roles y poco permeables a los cambios de sus miembros.
Ante esta casuística, ¿no sería más adecuado aprender a establecer límites claros, respetarte y hacerte respetar, en lugar de poner tierra de por medio porque sentimos que son “tóxicos”? En mi experiencia, con ayuda de terapia psicológica la mayoría de las situaciones pueden reconducirse hacia relaciones más sanas y adaptativas. Por ello, suele ser más beneficioso desarrollar estrategias de refuerzo personal, asertividad y autoestima en lugar de desaparecer bajo la premisa del “contacto cero”.
Analicemos la situación: ¿qué es el “contacto cero”? es una estrategia de “protección emocional” que consiste en cortar toda comunicación e interacción (física, telefónica, redes sociales) con familiares tóxicos, abusivos o disfuncionales. El contacto cero no es una estrategia terapéutica estándar que deba aplicarse a la ligera. De hecho, debería ser uno de los últimos recursos, y solo cuando mantener el vínculo cause más daño que beneficio.
Algunos criterios que se valoran en consulta para considerar el “contacto cero” son:
- Cuando existe un daño psicológico persistente: manipulación constante (chantaje emocional, culpa…), invalidación sistemática de tus emociones, pensamientos o valores, o conductas de humillación, desprecio o crítica continua.
- Cuando hay dinámicas abusivas: abuso emocional, físico o verbal, control excesivo o invasión de límites.
- Cuando no es posible establecer límites efectivos, incluso habiendo expresado necesidades de forma clara, y estas son ridiculizadas o ignoradas de forma sistemática.
- Cuando la relación deteriora tu salud mental: empeoramiento de cuadros de ansiedad o depresión, recaídas en conductas adictivas o reactivación de traumas pasados.
- Cuando la otra parte no asume ninguna responsabilidad por su comportamiento ni muestra intención de cambio. Sin responsabilidad, la relación difícilmente puede volverse segura.
- Cuando existen dinámicas familiares altamente disfuncionales, incluyendo traumas complejos.
Pero…¿el contacto cero es realmente “cero”?
No necesariamente. Es un tema complejo, y sería un error caer en una visión de todo o nada. Antes de llegar al punto “cero”, es importante explorar alternativas intermedias:
- Aprender a establecer límites claros.
- Trabajar la capacidad de expresar tu opinión y exigir respeto.
- Reorganizar los encuentros, tanto en frecuencia como en dinámica.
- Pasar de un contacto limitado (menos frecuente) a un contacto estructurado (solo en determinados contextos), hasta poder trabajar una distancia emocional, aunque no exista distancia física (en terapia, a esto suelo llamarlo “quitarles el poder de destruirte”).
La experiencia me ha demostrado que la distancia, en muchos casos, es necesaria y terapéutica. Sin embargo, el “contacto cero”, aunque puede aliviar en un primer momento, suele venir acompañado de culpa, duelo y conflictos internos. Esto se debe a que no ayuda a trabajar la relación ni favorece procesos de reparación, diálogo o cambio que, aunque difíciles, en algunos casos sí son posibles. Simplemente te aleja, pero a esa distancia te llevas todo lo que la relación te genera.
Por ello, si estás valorando la opción del “contacto cero” con tu familia, es fundamental que entiendas que esta decisión no resuelve automáticamente el problema, requiere un trabajo terapéutico para poder sostenerla y elaborarla emocionalmente, y que no es algo que deba decidirse desde la impulsividad, sino que se trata de un cambio vital profundo que necesita reflexión, tiempo y acompañamiento profesional. Si te sientes de esta manera y necesitas ayuda, cuenta conmigo.
PD: Del tema del “contacto cero” con una ex pareja ya hablaremos en profundidad en otro post, que eso es otro cantar 😉