Hay personas que no saben parar.
Y no porque no estén cansadas.
Precisamente porque lo están.
Personas que enlazan tareas sin descanso, que sienten ansiedad cuando tienen tiempo libre, que convierten cualquier momento de calma en una oportunidad para “aprovechar”. Personas que responden correos mientras comen, que piensan en lo siguiente incluso durante una conversación tranquila, que sienten una especie de incomodidad difícil de explicar cuando no están haciendo nada.
Desde fuera suelen parecer responsables, eficientes, resolutivas, e incluso admirables, pero muchas veces viven en un estado de alerta constante. Y lo más difícil es que, con el tiempo, dejan de notar el agotamiento. El cuerpo se acostumbra a funcionar acelerado. La tensión se vuelve normal. La hiperactividad mental parece parte de la personalidad.
“No sé relajarme” es una frase que escucho con frecuencia en consulta. Y detrás de ella casi nunca hay pereza, falta de organización o incapacidad para disfrutar, sino que lo que suele haber es un sistema nervioso que ha aprendido a vivir en modo supervivencia.
Para algunas personas, descansar no genera calma, genera inquietud e incomodidad, porque pueden aparecer pensamientos que no quieren tener, emociones a las que no quieren prestar atención, sensación de vacío, culpa, nerviosismo…Y entonces vuelven al “hacer”.
Hay personas que crecieron en entornos donde descansar era visto como perder el tiempo, o donde el reconocimiento llegaba únicamente a través del rendimiento, o familias en las que había tanta tensión emocional que estar siempre ocupado era una forma de escapar mentalmente de lo que ocurría alrededor. Otras aprendieron muy pronto a estar pendientes de todo: de los problemas de casa, del estado emocional de otr@s, de no molestar, de hacerlo todo bien. Y cuando un niño o una niña vive demasiado tiempo en alerta, su cuerpo termina organizándose alrededor de esa vigilancia y con los años, esa activación puede confundirse con “ser una persona muy activa”. Pero no siempre es energía. A veces es un estado de supervivencia que nuestro sistema nervioso ha sofisticado.
Nuestro sistema nervioso tiene una función esencial: ayudarnos a sobrevivir. Cuando percibe peligro o amenaza, activa mecanismos automáticos para prepararnos, esto mecanismos pueden ser la tensión muscular, acelerar el corazón, incrementar la sensación de alerta y enfocar la energía hacia la acción, es decir, que se activa muy mucho el sistema nervioso simpático.
El problema aparece cuando el organismo deja de distinguir entre una amenaza real y un estado de exigencia constante. Entonces el cuerpo sigue funcionando “como si algo estuviera pasando”, incluso cuando aparentemente todo está bien. Porque el cuerpo se ha acostumbrado tanto a la activación que la calma puede sentirse extraña e incluso amenazante.
Además, el contexto actual no ayuda. Vivimos en una sociedad que asocia valor personal con productividad. Descansar suele interpretarse como falta de ambición. Estar ocupado se ha convertido casi en una identidad. Contestamos mensajes mientras caminamos. Consumimos contenido mientras descansamos. Nos sentimos culpables si no estamos aprovechando el tiempo. Incluso el ocio termina convertido en rendimiento. Y en medio de todo eso, muchas personas han perdido la capacidad de simplemente estar.
Sin producir.
Sin optimizar.
Sin justificarse.
Descansar no es tumbarse a mirar el techo, implica aprender que no hace falta estar alerta todo el tiempo. Que el cuerpo puede aflojar. Que no todo depende de un@. Que parar no significa ser inútil, irresponsable o débil. Y eso, a veces, requiere un trabajo emocional profundo, porque cuando alguien ha vivido durante años en tensión, el descanso no aparece de golpe, como he comentado anteriormente, lo que suele aparecer primero es el vacío, la incomodidad o la ansiedad.
Por eso no sirve decirle a alguien “relájate”, no nos regulamos por imposición, nos regulamos cuando empezamos a sentirnos segur@s, cuando entendemos por qué nuestro cuerpo siente que necesita seguir corriendo incluso cuando ya está agotado, ese es el inicio del cambio.