Hoy me gustaría que reflexionáramos sobre los efectos que tiene en nuestro cerebro el consumo continuado de noticias, especialmente de aquellas con un contenido negativo.
¿A qué llamamos noticias negativas? Hablamos de desastres naturales, accidentes aéreos o ferroviarios, guerras retransmitidas en directo, atentados, asesinatos, crisis sanitarias… contenidos que activan el miedo y la sensación de amenaza.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando consumo noticias negativas de manera continuada?
En primer lugar, se produce una activación constante del sistema de alarma, las noticias negativas activan la amígdala, una estructura cerebral encargada, entre otras funciones, de detectar amenazas. Cuando esta activación se mantiene en el tiempo, el cerebro entra en un “modo de peligro permanente”, como si algo malo estuviera a punto de ocurrir, incluso aunque estemos a salvo.
Si consumes este tipo de contenido en diferentes momentos del día, por ejemplo: al despertarte, y de camino al trabajo, y durante la jornada laboral, y mientras comes, y cuando realizas cualquier actividad por la tarde, y durante la cena y antes de dormir… imagina el nivel de alerta al que estás sometiendo a tu cerebro de forma constante.
En segundo lugar, producto de esta activación constante se produce un aumento del cortisol (la hormona del estrés). El cortisol es la principal hormona del estrés, y la exposición repetida a catástrofes y amenazas eleva sus niveles. Y, ¿qué sucede cuando el cortisol se mantiene alto? pues que aparecen ansiedad, irritabilidad, problemas de sueño, dificultad para concentrarnos… y, a largo plazo, niveles elevados de cortisol pueden afectar al hipocampo, una región clave para la memoria y el aprendizaje.
Además de estas cuestiones, la exposición mantenida a estímulos negativos refuerza el sesgo de negatividad, es decir, nuestro cerebro, por pura supervivencia, tiende a prestar más atención a lo negativo: necesita saber qué ocurre para protegerse. Esto es adaptativo. El problema aparece cuando las noticias catastróficas refuerzan de forma constante este sesgo, haciendo que el mundo parezca mucho más peligroso de lo que realmente es.
¿A dónde nos lleva esto? A experimentar sensaciones de desesperanza, impotencia, fatiga emocional e incluso desensibilización. Y es importante decirlo: en la mayoría de los casos, estas reacciones no indican falta de empatía, si no saturación emocional.
Paradójicamente, tras una exposición prolongada pueden ocurrir dos cosas: o te sientes emocionalmente desbordado/a o te vuelves aparentemente “insensible” al sufrimiento ajeno. Ambas respuestas terminan por limitarnos como personas.
También puede aparecer una sensación de impotencia aprendida: cuando los problemas son enormes y no podemos hacer nada al respecto, el cerebro puede interiorizar la idea de que “nada de lo que haga sirve para cambiar algo”, afectando al estado de ánimo y a la motivación.
Entonces, ¿por qué nos enganchamos a las noticias negativas? (Sin entrar en el papel de los algoritmos ni en la manipulación de las grandes empresas tecnológicas.)
Porque el cerebro confunde información con control. Aunque las noticias te hagan sentir peor, el sistema de recompensa del cerebro interpreta que estar informado reduce el riesgo de que algo negativo te ocurra a ti, es decir, te da una falsa sensación de control. Y esa falsa sensación de control mientras consumes contenido negativo y experimentas sensaciones de ansiedad, malestar, angustia y miedo es lo que poco a poco va consumiendo nuestra seguridad, autoestima y confort, generando ese estado de alerta continuada.
¿Qué ayuda a proteger el cerebro?
No se trata de “vivir en una burbuja”, sino de consumir información de forma consciente.
Aquí tienes algunas propuestas:
Limitar horarios y lugares donde poder ver/leer las noticias: por ejemplo, “solo veo las noticias por la mañana” o “solo mientras como”. Es muy importante evitar el consumo constante de noticias “en directo” tras una tragedia: te vas a enterar igualmente.
Detectar el impulso automático: si te descubres buscando la misma noticia que ya leíste hace cinco minutos, para, respira, deja el móvil y centra tu atención en lo que estés haciendo (comer, trabajar, tener una conversación…) o en un acto consciente de autocuidado (meditar, respiración consciente, salir a hacer deporte…)
Elegir fuentes menos sensacionalistas: a nuestro cerebro le encanta la información fácil y rápida (y los algoritmos lo saben, están diseñados para eso), pero esa información fácil y rápida no siempre es real, veraz o contrastada, por lo que intenta buscar información en lugares fiables, no en la primera cuenta de TikTok o Instagram que hable del tema. Recuerda que las redes sociales promueven historias emotivas o dramáticas para mantenerte enganchado/a. Eso significa que es más probable que veas noticias negativas, sean verdad o no, sean útiles o no.
Compensar con contenidos constructivos: preguntarte “¿esto me informa o solo me agita?” puede ayudarte a frenar el consumo compulsivo de noticias ante una catástrofe. Cuando te sientas saturado/a intenta frenar y compensar con contenidos que te nutran, puedes ver una película, leer, hablar sobre la situación y lo que te preocupa con alguien de confianza…
Ahora que eres consciente de cómo te afecta el consumo constante de información negativa en tu estado de ánimo y tu conducta puedes tomar las riendas de ello, mucho ánimo, y si ves que necesitas algo más de ayuda, aquí estoy.